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A statue of Christopher Columbus is shown vandalized at Bayfront Park in Miami, Thursday, June 11, 2020. Miami police say that several people were arrested for vandalizing the statue of Columbus and Juan Ponce de León during a protest Wednesday. Protests continue over the death of George Floyd, a black man who died last month while in police custody in Minneapolis.(Source: AP Photo/Lynne Sladky)
A statue of Christopher Columbus is shown vandalized at Bayfront Park in Miami, Thursday, June 11, 2020. Miami police say that several people were arrested for vandalizing the statue of Columbus and Juan Ponce de León during a protest Wednesday. Protests…

¿Qué nos puede enseñar la historia sobre qué hacer con las esculturas e imágenes racistas?

La destrucción de estatuas de racistas han despertado varias preguntas sobre lo eficiente que pueden llegar a ser estos gestos en la lucha contra el racismo.  

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Las estatuas y los monumentos son reflejo de los valores de las épocas en que fueron erigidas. Son rastros de las ideas e ideales que legamos a las generaciones futuras y sus materiales, proporciones y formas reflejan el tipo de relaciones que queremos proyectar hacia esas figuras.

En los grupos de personas que han intervenido o derribado estatuas de esclavistas –tanto en Estados Unidos como en Inglaterra– hay un ejercicio de catarsis colectiva y un reclamo frente a la urgencia de cambiar.

En reacción, hemos oído voces de protesta y cuestionamiento. Entre las protestas han estado los reclamos de la extrema derecha, por ejemplo, el fuerte choque que hubo en Londres entre la policía y protestantes de derecha frente al Parlamento durante el 13 de junio.

Los cuestionamientos, más académicos que revolucionarios, llegan al plantearse si los símbolos son suficientes para cambiar la sociedad y cuáles son los peligros de desaparecerlos.

La iconoclastia, como se llama en la historia del arte a la destrucción de las imágenes, puede traer consecuencias como el olvido de la historia. Si bien es cierto que en el océano de información que vivimos gracias a la era digital la idea del olvido de la historia es difícil de imaginar, también sucede que cuando algo deja de estar presente en el imaginario cae en el olvido incluso si la información está disponible.

Un ejemplo: Colombia tuvo su primer presidente negro en 1861. Juan José Nieto Gil (1805–1866) tuvo un gobierno muy breve, pero sucedió. A penas en el 2018, como un acto de restauración el entonces presidente Juan Manuel Santos encargó e hizo que se colgara en el palacio presidencial un retrato al óleo de Nieto Gil, tal como le correspondía en su calidad de expresidente.

Incluso hoy en día la mayoría de colombianos desconocen este hecho histórico porque en su momento su imagen fue borrada, aunque el nombre siguiera escrito.

Así mismo, el ejercicio de remover las estatuas y retratos confederados corre el riesgo de que se olvide la gravedad de las acciones e ideas defendidas por los comerciantes de esclavos. Más problemático aún sería creer que el acto expiatorio de eliminar las imágenes resuelve las tensiones que perviven en la sociedad.

La remoción o intervención de las figuras es necesaria para dejar de verlas como ideales cuando estamos ante valores que nuestra sociedad busca eliminar –el racismo, en este caso–, pero este es sólo el inicio.

Para Sebastián Mesa, artista e historiador del arte que como parte de su obra ha intervenido el Museo del Banco de la República de Colombia en talleres con miembros de la comunidad trans y afro de Bogotá, el problema en estos ejercicios de iconoclastia está en usar las mismas herramientas que el sistema ha usado antes para oprimir a otros.

"Los sujetos históricos estamos hechos de contradicciones" –recuerda Mesa– "y usar las mismas armas que en el pasado fueron usadas para evitar los diálogos, da los mismos resultados".

En efecto, subraya The Economist, algunos de los personajes retratados en las estatuas que ahora están siendo juzgadas son tan reprochados ahora por su racismo, como apreciados por su legado por político e histórico en otros terrenos. Dos apellidos dan un rotundo ejemplo: Washington y Jefferson.

Atender el problema del racismo en Estados Unidos va más allá del ataque a las esculturas o la remoción de los cuadros porque ninguna de esas dos acciones invalida el hecho de que se trate de un país construido en una tierra que fue arrebatada a sus habitantes originarios y construido por personas que fueron arrebatadas de su tierra.

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